ARTÍCULO DE OPINIÓN
Una seta, la inteligencia artificial y el miedo al progreso
Jorge Vila, abogado | jdvila@abogadosvila.com
La tecnología no tiene por qué sustituir al ser humano. Bien utilizada, puede ayudarnos a llegar donde nuestro conocimiento, por sí solo, no alcanza.
Imagen ilustrativa: setas silvestres. La fotografía no constituye una identificación micológica.
Hace unos días viví una experiencia que me ha llevado a reflexionar sobre la inteligencia artificial, sus posibilidades y el temor que despierta en una parte de nuestra sociedad.
Todo comenzó con unas setas blancas, de tallo largo, que recogí en el prado de mi casa, en Cantabria. Creí que eran champiñones comestibles y preparé un revuelto con tres de ellas. Poco después, un conocido aficionado a la micología, tras consultar una fotografía en una herramienta de inteligencia artificial, me llamó alarmado: podían presentar características compatibles con una Amanita verna, una especie potencialmente mortal.
Acudí inicialmente al centro de salud de mi localidad. Como no presentaba síntomas, recibí una atención conservadora y regresé a casa. Sin embargo, la posibilidad de que determinadas intoxicaciones no manifiesten sus efectos hasta transcurridas muchas horas me llevó, al día siguiente, a acudir al Hospital de Laredo con ejemplares de las setas que había consumido.
Allí comenzó una experiencia que ilustra bastante bien tanto las posibilidades como los límites de estas nuevas herramientas.
Los profesionales sanitarios empezaron a fotografiar los ejemplares y a consultar información, también mediante inteligencia artificial. Pero las respuestas no eran concluyentes: algunas consultas apuntaban a una especie peligrosa, mientras que otras características parecían compatibles con especies diferentes. Aquella incertidumbre no debía resolverse confiando ciegamente en una respuesta automática, sino buscando una identificación especializada.
Entre tanto, se decidió ingresarme para realizar analíticas y un perfil hepático, con el fin de descartar cualquier alteración que pudiera evidenciar la presencia de amatoxinas y abordar de inmediato la posible toxicidad.
Así, una sanitaria localizó a la Sociedad Cántabra de Micología también a través de las sugerencias obtenidas en las consultas a la IA y, al terminar su turno, amablemente se ocupó de hacer llegar los ejemplares a Santander.
Pasadas las once de la noche, me comunicaron que la Sociedad Cántabra de Micología los había identificado como Leucoagaricus leucothites, una especie considerada no tóxica en este contexto. Con esa información, el equipo médico decidió darme el alta, después de haber valorado mantenerme en observación.
No pretendo juzgar una actuación sanitaria frente a otra, ni sostener que la primera atención fuera incorrecta por no recurrir a medios tecnológicos. Tampoco sería razonable afirmar que la inteligencia artificial me salvó la vida. Lo que sí puedo afirmar es que la consulta de información, la iniciativa de los profesionales y la colaboración de una persona con conocimientos micológicos permitieron esclarecer una situación que inicialmente generaba una preocupación fundada, dado el potencial riesgo de mortalidad.
La lección no está en elegir entre el criterio humano y la tecnología, sino en comprender cómo pueden complementarse.
Ni fe ciega ni rechazo preventivo
La inteligencia artificial no identificó por sí sola la seta de manera concluyente. De hecho, las distintas respuestas obtenidas pusieron de manifiesto sus limitaciones. Una fotografía puede resultar insuficiente para distinguir especies muy parecidas, y una respuesta expresada con seguridad no necesariamente es correcta.
Pero esas mismas herramientas permitieron advertir de un riesgo, ampliar las búsquedas, encontrar referencias especializadas y orientar la actuación posterior. Los profesionales sanitarios no renunciaron a su criterio: utilizaron la información disponible, valoraron sus limitaciones y buscaron a quien podía aportar una respuesta más fiable.
Ese es, a mi juicio, el enfoque adecuado.
Un médico no puede conocer todas las enfermedades y sustancias existentes; un abogado no puede dominar todas las ramas del derecho; un ingeniero no puede tener presentes todas las soluciones técnicas posibles. Reconocerlo no disminuye nuestra competencia. Lo importante es saber cuándo necesitamos ampliar nuestros conocimientos, dónde encontrar información y cómo verificarla antes de tomar una decisión.
La inteligencia artificial puede ayudarnos en ese proceso, pero no sustituye nuestra experiencia, nuestra responsabilidad ni nuestra capacidad de discernimiento. Utilizada sin prudencia, puede conducirnos a errores. Rechazada de antemano, puede privarnos de una herramienta valiosa.
El equilibrio exige conocimiento, criterio y sentido común.
El miedo a lo desconocido
Hay algo más en esta historia que trasciende la medicina: nuestra manera de reaccionar ante los cambios profundos.
Cada gran transformación tecnológica ha despertado inquietudes, resistencias y, en ocasiones, temores desproporcionados. La industrialización hizo temer por numerosos oficios y formas de vida. La electricidad transformó radicalmente nuestros hogares, nuestras ciudades y nuestra producción. El automóvil modificó el transporte y la organización de la sociedad.
Ninguna de estas innovaciones estuvo exenta de riesgos ni de consecuencias negativas. Tampoco todas las personas y profesiones se beneficiaron por igual. Sin embargo, la historia demuestra que nuestras sociedades no permanecen inmóviles ante una nueva tecnología: reorganizamos nuestras necesidades, transformamos nuestras actividades y desarrollamos otras que antes no existían.
La mecanización no eliminó todo trabajo humano; modificó profundamente su naturaleza. La automatización continuó ese proceso y hoy la robotización vuelve a transformar la industria. No significa que ningún empleo desaparezca, porque muchos han desaparecido y otros desaparecerán. Significa que la evolución tecnológica también crea nuevas actividades, especializa funciones y desplaza necesidades.
Con la inteligencia artificial estamos ante otro cambio de enorme alcance. Es comprensible que nos genere incertidumbre, especialmente cuando afecta a actividades que hasta ahora considerábamos exclusivamente humanas, como redactar, analizar, diseñar o resolver problemas complejos.
Pero convertir ese temor en un rechazo general no parece la respuesta más sensata. Tampoco lo sería aceptar cualquier innovación sin preguntarnos para qué sirve, qué riesgos entraña y quién debe asumir la responsabilidad de su utilización.
El progreso debe estar al servicio de las personas
Pensemos, por un momento, en lo que hoy consideramos cotidiano. Un vehículo puede trasladar con rapidez a una persona en una emergencia médica. La electricidad hace posible buena parte de nuestra vida doméstica, sanitaria e industrial. La producción mecanizada permite abastecer necesidades de una población que difícilmente podría sostenerse con los métodos de otras épocas.
¿Significa eso que debemos renunciar a los vehículos, a la electricidad o a la industria porque también entrañan riesgos o transforman el empleo? Evidentemente, no. Lo razonable es aprender a utilizarlos, establecer límites y corregir sus consecuencias perjudiciales.
Con la inteligencia artificial debería suceder lo mismo.
No necesitamos un sistema sanitario completamente robotizado para aprovechar sus posibilidades. Necesitamos profesionales que puedan utilizar nuevas herramientas cuando les resulten útiles, sin que estas se conviertan en una obligación indiscriminada ni en un sustituto de su responsabilidad.
Lo mismo vale para el derecho, la ingeniería, la educación y cualquier otra actividad profesional.
La sustitución total del trabajo humano, tanto físico como intelectual, plantearía además interrogantes económicos y sociales de enorme magnitud. No basta con imaginar qué tareas podemos automatizar: debemos preguntarnos cómo se distribuirían los ingresos, qué función tendría el trabajo y cómo se garantizaría nuestra participación en una sociedad que prescindiera de buena parte de nuestra actividad productiva. No es un debate que debamos ignorar, aunque tampoco conviene presentar ese escenario como un desenlace inevitable e inminente.
La cuestión no es detener el progreso, sino dirigirlo de manera que mejore nuestras condiciones de vida y preserve nuestra dignidad.
Una seta como punto de partida
También hay una responsabilidad personal que reconocer en lo sucedido: no debí consumir unas setas silvestres sin tener certeza de su identificación. La prudencia comienza antes de utilizar cualquier tecnología y no podemos delegarla en ella.
Pero aquella experiencia me permitió comprobar que el conocimiento no siempre reside en una sola persona ni se encuentra disponible de inmediato. A veces surge de la colaboración entre un paciente, un profesional sanitario, una herramienta digital y un especialista que aporta la respuesta que faltaba.
No fue la tecnología por sí sola. Tampoco fue únicamente el conocimiento previo de una persona. Fue la combinación de información, iniciativa humana, prudencia y colaboración.
Quizá debamos dejar de preguntarnos exclusivamente si la inteligencia artificial nos quitará el trabajo y empezar a plantearnos cómo podemos utilizarla para trabajar mejor, resolver problemas y ampliar nuestras capacidades sin perder el control sobre nuestras decisiones.
El progreso no consiste en que las máquinas ocupen el lugar de las personas. Consiste en que sepamos aprovechar las herramientas que nuestro tiempo nos proporciona.
A veces, esa reflexión comienza con los grandes debates sobre el futuro de la humanidad. Y otras, como me ha sucedido a mí, con unas setas recogidas en el jardín, una fotografía y la incertidumbre de no saber si lo que acabamos de comer es peligroso.
Por fortuna, en mi caso, la historia terminó con una identificación tranquilizadora y una reflexión que va mucho más allá de aquella cena.
Para terminar, quiero expresar mi profundo agradecimiento al personal sanitario del Hospital de Laredo: grandes profesionales que, con su dedicación, sus conocimientos y su esmero, durante las horas que pasé allí no solo supieron proporcionarme una atención correcta y adecuada, sino que también atendieron a muchas otras personas con la misma entrega. Sin duda, son un ejemplo de grandeza humana, única e irremplazable.

